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Cómo escribir diálogos creíbles para tu novela

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Todos los diálogos, sin importar el género, cumplen una serie de puntos que ya comenté. En la anterior entrada me entretuve en resumir a grandes rasgos algunos de los elementos más interesantes de “El diálogo: El arte de hablar en la página, la escena y la pantalla” escrito por Robert Mckee. Para resumirlo de forma rápida y en palabras del propio Mckee, estas son las 6 tareas del diálogo:

  • Toda expresión verbal realiza una acción interior.
  • Cada impulso de acción/reacción aporta intensidad a la escena y contribuye a la creación y desarrollo del punto de inflexión.
  • Las declaraciones y alusiones incluidas en las frases transmiten información.
  • Un estilo verbal único define la personalidad de cada personaje.
  • La fluidez de un ritmo progresivo cautiva al lector si encaja y le arrastra en una oleada de impulso narrativo, olvidándose del paso del tiempo.
  • El lenguaje le resulta auténtico al lector si encaja en su entorno y es verosímil para sus personajes, de manera que se puede creer la realidad ficticia de la historia.

La fantasía y la ciencia ficción son géneros increíbles por naturaleza, pero sus valores de credibilidad no solo se aplican para aquellas acciones físicas que realizan los personajes si no también para aquello que dicen. En otras palabras, los elementos que conforman una historia no pueden tener distintos pesos de importancia. Un mundo increíble no vale nada si sus personajes hablan de forma inverosímil en relación a su naturaleza, su entorno y género concreto. ¿Cuántas veces nos encontramos mundos que nos interesan más que los protagonistas?

Algo como esto hace que el lector pierda la fe. Atención, los diálogos superficial no arregla este problema. La charla vacua está en casi todos los aspectos de nuestra vida. Hablamos sin parar, pero nuestras conversaciones cotidianas carecen de intensidad, expresividad y lo más importante de todo, relevancia. Mckee dice: «El diálogo concentra el significado, la conversación lo diluye». Estoy bastante seguro de haber dicho más de una vez que los diálogos deben sonar natural, como una conversación cualquiera. Pues bien, los diálogos no han de ser realistas, su objetivo es que sean verosímiles.

Por otro lado, las personas decimos cualquier cosa en cualquier momento. ¿Cómo podemos juzgar la credibilidad de un diálogo? Pues… no podemos. No existe ningún sistema métrico que nos diga cuando algo suena bien y verosímil y cuando no lo hace. Lo único que podemos hacer es confiar en nuestra intuición y nuestra experiencia. Podemos, sin embargo, detallar una lista de errores comunes que Mckee nos brinda para no minar la credibilidad de nuestros diálogos.


Conversación vacía

Los personajes hablan para transmitir una información, un subtexto. Si el lector no lo encuentra el diálogo resulta falso. Mckee nos pone un ejemplo muy habitual: cuando un personaje le cuenta a otro algo que ambos ya saben pero lo dicen de todas formas para cubrir las necesidad del autor de transmitir información al lector.

Conversación demasiado emotiva

Cuando un personaje utiliza un lenguaje mucho más emocional que sus sentimientos reales, el lector se preguntará por qué. Si la respuesta no es satisfactoria creerá que el personaje es un dramático, o peor, que estamos intentando sacar sensaciones donde no las hay.

Conversación con demasiada información

Hay un error bastante común cuando se escriben novelas históricas y que, como tantas otras cosas, ya he comentando pero que Mckee también remarca. Los autores de esas novelas han buscado y rebuscado información del periodo histórico en cuestión muchas veces insertan sin querer grandes cantidades de infodumping para mostrar lo bien informados que están. En la ciencia ficción y la fantasía ocurre lo mismo. Cuando los personajes recuerdan acontecimientos del pasado con exagerada claridad es probable que el lector sufra la sensación de que quien realmente está hablando es el autor y no el personaje.

Conversación demasiado perceptiva

De igual forma, cuando un personaje se conoce a él mismo como si tuviera un informe delante que explica todo sobre él, los lectores sentirán rechazo. Un personaje así no es humano, y de manera similar al infodumping, es fácil caer en la tentación de usar toda esa información sobre la psique del personaje. Hacerlo no suele ser la opción más acertada.


Tópicos

O lo que es lo mismo, escenas que hemos visto repetidas en tantos medios que sabemos sin ninguna duda como terminarán. Frases y argumentos tan vistos que no son frescos ni aportan nada nuevo a tu historia. Mckee señala de forma inteligente que cada tópico tuvo su nacimiento, su uso y su inevitable decadencia. Alguien tuvo que inventar y usar por primera vez ese recurso. «En la recta final, atasco monumental, mascar la tragedia, llover a cántaros, espiral de violencia, escena dantesca…» Los usamos porque, aunque trillados, transmiten un significado inmediato. No es un problema exagerado en comparación a otros de los que encontramos en la lista. Digamos que si podemos evitar hacer uso de lo primero que nos venga a la cabeza, muchas veces quizás consigamos escribir diálogos más frescos.

Lenguaje neutro

Dícese de aquel lenguaje que sustituye lo específico por generalidades. Hacer uso de un lenguaje cotidiano y rancia es aburrido. Quizás consigas hacer sonar tus diálogos más verosímil pero también perderá interés. Mckee lo ejemplifica de la siguiente forma: ¡Dios mío! La gente hace uso de estas dos palabras y sin pensar para vociferar y hacer patente su estado de shock a todas horas. En el diálogo sin embargo debemos transmitir una información. Teniendo en cuenta esto, quizás podemos hacer que cada personaje tenga una forma distinta de expresar la sorpresa. Uno puede exclamar Dios mío sin problemas, pero otro puede usar recórcholis. Todo dependerá de su trayectoria vital, su lugar de nacimiento y otros factores.

Lenguaje ostentoso

El lenguaje ostentoso rompe la magia del diálogo. Los despliegues literarios gratuitos y las frases innecesariamente expresivas destruyen cualquier flujo narrativo. ¿Por qué nos cuesta tanto leer clásicos de la literatura? Una parte de la respuesta la podemos encontrar aquí. De todos los elementos que conforman un personaje la palabra hablada es la más susceptible a despertar la incredulidad del lector. No podemos hacer hablar a un ladrón como un noble.

Lenguaje árido

Este tiene miga. El lenguaje árido es aquel que Mckee indica como polisilábico, rebuscado y seco. Un lenguaje que compone largas frases enfiladas formando interminables parrafadas. Para evitarlo, Mckee nos proporciona una lista de sugerimientos:

  • Anteponer lo concreto a lo abstracto

Las personas no dicen «domicilio» a su casa o «vehículo» a su coche como norma general. El lenguaje abstracto suele ser usado para ocasiones formales. Si tus personajes son tipos normales y corrientes (fíjate, ¡un tópico!) no creo que sea necesario el uso de esos términos.

  • Ateponer lo familiar a lo exótico

Siguiendo el mismo ejemplo, ¿tu personaje diría a su casa «palais» o a su apartamento «pried-à-terre»? Quizás sí, siempre que sea un pomposo pretencioso. O quizás si es Hércules Pairot.

  • Anteponer palabras cortas a palabras largas

Sus fingimientos son adulteraciones de la realidad. Manipula la verdad. Miente. Dice chorradas. Ese hijo puta miente como un bellaco.

Las 5 frases anteriores en esencia significan lo mismo, y puede que en ocasiones hasta la misma persona sea capaz de decirlas todas si la situación es apropiada. ¿Cómo podemos saber que palabras y cuál es la opción más convincente en cada momento? Pues no podemos. Lo que sí podemos hacer es tener en cuenta estos 4 puntos que Mckee plantea. Me parecen muy interesantes.

A más se emociona una persona más cortas son las palabras y las frases que utiliza; cuanto más pasiva y reflexiva sea, más largas las palabras y las frases con las que se expresa.
A más inteligente la persona, más complejas sus frases, cuanto menos inteligente, más breves son sus frases.
A más activa y directa sea es la persona, más cortas sus frases y palabras, cuanto más pasiva y reflexiva sea, más largas las palabras y frases con las que se expresa.
Cuanto más leída una persona, tanto más extenso su vocabulario y más largas sus palabras; cuanto menos haya leído, más escaso será su vocabulario y más cortas sus palabras.
  • Anteponer las frases directas a los circunloquios

Para este voy a a transcribir el ejemplo de Mckee porque me parece perfecto.

«Al darle un puñetazo a aquel tipo, me di cuenta de repente de que me dolía a mí más que a él, porque cuando saqué la mano del bolsillo y la cerré con todas mis fuerzas, asegurándome de que el pulgar quedaba fuera de los demás dedos y no dentro y luego le pegué en la cara con fuerza, sentí un dolor muy fuerte y no pude volver a cerrar el puño». Puf. Menuda frasecita, casi me quedo sin aire a mitad de camino. Quizás una frase así lo soluciona: «Me rompí la mano contra su mandíbula. Me dolió la hostia».

Las escenas ganan ritmo con parlamentos directos construidos a base de palabras naturales. La primera frase es igual de natural que el plástico. Nadie usaría esas palabras. Cierto, en un libro siempre podemos releer los diálogos, pero si el lector no está volviendo atrás para disfrutar del ingenio con el que han sido escritos, si no para intentar comprenderlo, tenemos un problema. Hay que anteponer la claridad por encima de otras cosas.

  • Anteponer la voz activa a la voz pasiva

Los diálogos pasivos utilizan verbos como «ser» y «estar» para expresar estados estáticos (no es muy listo el pobre). El diálogo activo utiliza verbos de acción para expresar estados dinámicos (ya lo descubrirá él mismo). Cuando las personas nos enfrentamos en conflicto nuestro lenguaje se llena de verbos de acción. En situaciones tranquilas, los humanos nos llenamos de verbos que reflejan nuestro estado de ánimo. Sin embargo, esto es solo una tendencia. En una pelea, los verbos que reflejan el estado de ánimo pueden herir como un puñal (¡estoy harta! ¿Te crees que no sé lo que haces los sábados por la noche?)

  • Anteponer parlamentos cortos a los largos

Sustituir calidad por cantidad no suele ser una buena idea. Todos los sabemos. A no ser que nuestro objetivo sea la sátira, tenemos que esforzarnos para expresarnos en las mínimas palabras. Nada realmente nuevo por aquí. Menos es más.

  • Anteponer el lenguaje expresivo a la imitación

El diálogo debe sonar como una conversación natural, pero su contenido debe estar por encima de lo normal. La verisimilitud es una estrategia estilística para potenciar la credibilidad, no un sustitutivo de la intuición creativa.


Y con esto ya estamos. Es probable que aún quede una entrada más (eso sí, bastante más corta) sobre el diálogo. Recomiendo a cualquier persona interesada en estos temas ahondar en el libro, puesto que esto no es más que un boceto de los puntos que me han llamado más la atención.

¡Nos vemos!

Sobre el autor

Adrià Machín

Soy un escritor en ciernes con ganas de compartir mis experiencias. Me gusta escribir fantasía y ciencia ficción.

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